El viaje del ser

Se escucha por los altoparlantes una dulce voz femenina y metálica que dice: “Metrovías informa que la línea B está operando con demoras pora razones ajenas a la empresa”. Es un mundo subterráneo de topos cansados que están de vuelta de un día de trabajo. Vuelven a sus casas. O vienen de ellas.

La televisión sobre el andén distrae y disimula el tardío arribar de la formación y los viajantes se agrupan mirando sin ver las publicidades y escuchan sin oír los jingles de las reclames. O hay mucha gente o el andén es chico. Propagandas, más propagandas para entretener al hombre moderno como Huxley lo pregonó. Y cada tanto esa nueva voz metálica.

Suele ocurrir que cuando se observan las luces del subte acercándose síntomas de emoción invaden a los pasajeros. El tiempo de espera se acaba y la ilusión comienza: viajar es transformar un poco nuestro ser.

Lentamente nos vamos perfilando implorando que cuando el subte se detenga nos regale la posibilidad de que una puerta quede delante de nuestras narices para poder ganarnos un lugar en el viaje.

Cuando las puertas se abren, no muchos bajan y son demasiados los que suben. La física siguen sin explicar lo que Mujica Lainez mencionó en “El pasajero” y a nosotros mucho no nos interesa: es un viaje obligado. Se deja de lado la caballerosidad, no hay distinción de mujeres y niños o mayores y enfermos. Se utiliza el cuerpo todo para empujar y empujar. Siempre hay lugar para uno más.

Una vez adentro apenas se puede respirar. Uno tiene que evitar ciertas cosas: que le roben, que le pongan una axila sudada en la cara, que lo apoyen o que le toquen el culo. Si uno se cuida de todo eso y respira, más que bien.

El subte arranca y uno advierte a través del vidrio a las personas desafortunadas que no han logrado subirse. Incertidumbre al observar una mueca de despedida y algo de bronca en aquellos seres que jamás volveremos a ver.

Con los brazos al costado del cuerpo para hacer más lugar pasamos varios minutos o tal vez horas parados sin decirnos nada, respirando en la nuca de una señora triste con cartera marrón o sintiendo la mirada del señor de bigotes que parece ser un contador frustrado. Todo ocurre en silencio con la música del andar del vagón y el movimiento bamboleante.

Túnel oscuro. Sonidos de tablas y andar del tren. Una nueva estación se abre frente nosotros y mucha más gente empujando para entrar. A través del vidrio mas caras tristes.

Tantas historias en la persona de al lado y la otra y la otra. Biografías desconocidas en menos de un metro cuadrado y tanta indiferencia. Tal vez un premio nobel frustrado, una centrojás que no llegó o un violador de vacaciones son aquellas personas que nos rodean. Pero no sabemos nada de nadie y eso que mi pectoral esta apoyado en su omoplato. El hombre actual es egoísta, descortés y distante.

Las horas pasan y el tedio se siente. Músculos fatigados, transpiración excesiva y algunos muertos de cansancio. En realidad, como en la vida, no sabemos bien a dónde vamos.

El olor es gris, de algodón o lino húmedo. Es probablemente ropa sucia, o tal vez limpia pero multiplicada con el sudor de la transpiración de diecisiete horas de viaje.

La gente se pelea y algunos se descomponen y se desmayan. Otros se despiden dolorosamente para siempre. No hay más lugar pero la gente entra. El andar del vagón transforma el túnel oscuro en una noche sin estrellas. Sonido de maderas y de hierros con un prado gris bajo la noche.

Percibo a una señora apretada entre un gordo y un abuelo. Parece que llora para adentro del dolor. Del cuerpo o del alma, es lo mismo. Idéntico es lo que ocurre con otros hombres y niños y con todos.

Se puede ver en lo alto el reflejo de la luna y de los campos que se abren a ambos lados de la formación. La luz del vagón se apaga y se observa el firmamento con algunas estrellas. No hay miedo ni ganas de llegar, solo resignación y hambre por la hora del día. Casi ni se siente el cuerpo.

Cuando por fin el tren se detiene, nos apuramos a bajar para conseguir un poco más de aire puro y fresco. Volvió la luz del día y los músculos se relajan un poco más. Entre el murmullo del gentío se escuchan voces raras, casi en otro idioma. Uno a esa altura no sabe para dónde ir.

Se observa que mucha gente se dirige en una dirección y otros van en la dirección contraria. Nos ponemos en alguna de las dos filas tratando de ser respetuosos y ordenados pero un policía nos dice que nos toca ir a la otra fila. Nuestra valija quedo en el tren pero no quisieron entregárnosla.

Ya no se veían ni televisores ni propagandas ni la voz metálica. Solo se divisaba un cartel que decía: “El trabajo los hará libres” y el nombre de la estación: Auschwitz.

Anuncios

3 Responses to El viaje del ser

  1. Josefina dice:

    Muy bueno porque en nuestro pais no se viaja para nada bien.!

  2. Richard dice:

    Me parecio muy buena la puesta en escena. Parece bastante real lo que decis.

  3. Pablo Mendez Iz. dice:

    Es interesante el cambio de ambientacion que hiciste y es real que a veces se viaja coo ganado y como si estuviesemos a principio de siglo pasado.
    Saludos.!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: