Catering del espanto

Los eventos sociales son a veces un infierno. Están compuestos por pequeños momentos de terror que todos vivimos en cantidad importante y que en mi caso suelen ser la base de los escrúpulos del día siguiente. En los grandes encuentros sociales como un casamiento, un cumpleaños, una despedida, una entrega de diplomas o lo que fuera hay muchos momentos en los que puede ocurrir la tragedia de la bragueta baja o el perejil entre los dientes. Y es difícil reponerse de eso y por supuesto dormir aquella noche.

Por eso son pocos los encuentros que realmente me agradan. A la mayoría prefiero ir más tarde o no ir. Salvo si son sólo de amigos o de gente de mucha confianza de los que no me importa el veredicto final que pudieran realizar. Ahora dicen que hay una nueva enfermedad de exposición al público donde te transpiran las manos, aumentan las pulsaciones cardiacas y se te frunce el orto pero no me estoy refiriendo a eso precisamente.

Los pequeños momentos de terror son situaciones cotidianas, banales y culturales de las que nadie se sorprendería si no fuera porque la paquetería del contexto conforma un halo que revolotea por encima nuestro confiriendo un ambiente único. Si uno arriba al salón de un casamiento luego de la ceremonia religiosa el escenario es un poco incómodo. Uno no sabe dónde pararse, dónde meterse las manos, uno se arregla cien veces el pelo pero sigue despeinado, ve llegar la gente y siente la necesidad de saludar a todos y no termina saludando casi a nadie.

La solemnidad es la culpable de todo esto. ¿Por qué cuando en un casamiento veo a un amigo en lugar de darle un abrazo y decirle alguna boludez simplemente lo saludo estrechándole la mano o dándole un beso de vieja? Probablemente se esté acentuando la sobriedad del momento para diferenciarla con cinco horas posteriores en la cual no sabremos la ubicación nuestra mesa base con nuestro saco y celular.

A veces me quedo hablando con alguien, con la prima del que se casa (si es mujer y tiene buenas tetas, mejor) o con algún familiar lejano que conociste por circunstancias de la vida pero que no te interesa en lo más mínimo lo que te está contando. En esas charlas se buscan temas en el fondo del inconciente para prolongar un charla estúpida. Ese acto de buscar y buscar dentro nuestro para seguir hablando es lo que nos causa dolor al otro día. No el alcohol.

No soporto esos momentos. Suelo mirar a los ojos para demostrar atención pero al rato corro la mirada para buscar algo que me salve, alguien que se esté muriendo, que estén por cortar la torta, que haya toma de rehenes o lo que sea. Pero me pone muy incómodo estar hablando con cualquiera si no quiero hacerlo. Pero el culto lo exige.

Cuando estoy por saludar a alguien me agarra también un congelamiento idiota que hace que cuando vea venir a la persona hacia mi (peor si es un hombre) sienta que estoy viendo esa situación en cámara lenta como si estuviera viendo un accidente. Lo vivo así. La persona se acerca hacia mí, si lo conozco probablemente no sepa su nombre, ¿cómo era? Simplemente recurro al ¿Qué haces, tanto tiempo? acompañando el texto con una expresión de hombre asombrado-alegre.

Y siempre me pasa que extiendo la mano y termino dándole un beso o las dos cosas o ninguna. Es una escena espantosa que a veces es trágica cuando al darle la mano la otra persona me da un beso y quedo con la mano extendida y semiabierta como un maniquí pelotudo. Es por eso que desarrollé la estrategia (imitada por muchos) de poner la copa de lo que esté tomando (por eso hay que tomar mucho) en la mano derecha para que el saludo deba ser únicamente a través de un besito.

Si estoy acompañado la situación calamitosa se multiplica por dos pero el sentimiento duplicado es vivificado solamente por mí. Si voy con mi mujer, mis hijos, mis padres, hermanos o lo que fuera la circunstancia se vuelve un poco más compleja. Porque cuando alguien me saluda tengo que presentar a mi mujer (o a quien sea) y decirle cómo se llama la otra persona. Pero nunca me acuerdo.

Y en esta invasión de vergüenza también sufro porque temo que quien me acompaña cometa algún acto que pueda causarme pánico social. Ruego a Dios que no tire la esprait sobre la mesa para que todos digan “uuuuuy, no pasó nada. Alegría”. Alegría las pelotas. Yo me estoy revolcando dentro mío en donde entran en duro combate mi mitad vergonzosa con mi mitad tolerante.

Ruego también que mi mujer no le pregunte a mi amigo cómo va con el trabajo cuando es sabido (menos para ella) que lo echaron la semana pasada y que está en juicio y no quiere saber nada. Me gustaría escuchar ahí el “uuuuuy, no pasó nada. Alegría” pero sé que el pibe me surtiría de un tortazo. Por eso es que a mi mujer (o a quienes me acompañen) suelo pedirles que hablen lo menos posible o que traten de comentar u opinar sólo si saben de qué. Por eso suelo ser muy molesto como acompañante y por eso suelo ir solo a este tipo de reuniones. Prefiero ir únicamente acompañado por mis propios sentimientos de terror.

Cuando se sopla la velita en los cumpleaños ya me siento un poco mejor, por dos cosas: porque se apaga la luz y siento que me puedo acomodar un poco la ropa y porque ya falta poco para que termine todo. Y me vuelvo a casa relajado con la adrenalina en el cogote que tarda en disiparse.

En la cama repaso con mi almohada cada uno de los hechos de esa noche intensa; los invitados, las caras, mis errores y algunas escenas. Eso me lleva un tiempo extenso y la noche (o la mañana) se hacen elásticas antes de dormirme. Pero de a poco vuelvo a mi mundo sin formalismos ni reverencias donde los únicos invitados somos mi almohada y yo que bailamos apretados y con baba durante unas siete horas.

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6 Responses to Catering del espanto

  1. Josesito28 dice:

    Me pasa algo parecido. A mi me transpiran las manos pero trato de pilotearla….1

  2. Luchi la LOCA dice:

    Yo tardo mucho en conseguir los vestidos pero si no fuera asi, viviria de fiesta en fiesta
    Saludos desde Cordoba

  3. DIE GUI TO dice:

    Me gusto mucho. Y es verdad que le miramos las tetas a las minas. JEeje

  4. Martín dice:

    Yo odio todo tipo de celebración, pero debo reconocer que hay un momento en toda fiesta que es espectacular. Ya quedan pocos invitados, algunos incluso sin zapatos. De pronto alguien apaga un cigarrillo en un sándwich de miga. Ahí, justamente ahí, el asunto se pone interesante.

  5. Anette dice:

    A mi me encantan las fiestas y todo el folklore que implican. Desde elegir vestido y zapatos hasta el té del próximo sábado donde con mis amigas despellajamos a toda la concurrencia.
    Una anécdota? Hace 3 años, en un casamiento a algunos les tocó disfrazarse de cantantes de reagge con rastas truchas y anteojos negros para un show que hubo en la mitad de la fiesta. Yo estaba tan borracha, que me puse a bailar como desaforada con uno de los “disfrazados”. Llegué a casa con una culpa terrible por haberle dado un beso al susodicho. Recién un año más tarde y tras haberme torturado de todas las maneras, el desgraciado de mimarido me confesó que el reaggero era EL !! Un horror

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