Juan, la anguila

merloCasilda podría ser el nombre de una tía grande, de un supermercado chino o de una marca de Dulce de leche pero es en realidad una ciudad que quiero mucho y que está en la provincia de Santa Fe. Allí pasé hermosos momentos junto a mis amigos en una casa centenaria donde también existía un Aleph para nosotros.

Pero entre tantas risas y momentos hubo además instantes de zozobra y desgracia. No todo fue alegría en esa casa de una planta que supo guardar secretos incluso después de demolida. Hubo un momento que será difícil de olvidar por nosotros y que quiero compartir con ustedes, no porque les interese sino porque es un modo de contar la verdad y desahogarme.

En aquel asado éramos como 8 o más. No recuerdo a todos pero ya los iré sacando. Empezamos siempre temprano, después del fulbito tipo nueve de la noche. Pusimos la mesa debajo de la parra y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Algunos ubicando los cubiertos, el Topo en la parrilla, otros poniendo cuarteto o tirados en el colchón fumando.

Lo que nunca faltaba era el alcohol. Lamentablemente es el protagonista de muchas reuniones que son justificadas únicamente para embriagarse un poco. Aquí también se cobró una víctima.

Siempre en Casilda había vino y, muchas veces, faso. Ese día después de la sobremesa recuerdo que el calor se nos venía encima. Nos quedamos charlando y tomando hasta tarde viendo a qué boliche íbamos a ir.

Juan quería armar una joda para Beca. Se le había ocurrido mojarlo con un sifón y para eso le pidió ayuda a Gastón quien no dudó porque se prendía en todas y porque era el dueño de la casa y debía consentir la maniobra.

Pero viendo que la joda era buena yo la quise mejorar un poco. Yo le avisé a Beca, a la víctima, que iban a mojarlo y preparé así una contrajoda, una joda por dos. Lo que Beca hizo fue esconderse otro sifón y esperar a sorprender a nuestro amigo Juan.

Después de dos rondas más de alcohol sobrevoló un silencio tenso y estático previo a la ejecución de cualquier plan. Se cruzaron miradas entre Juan y Gastón, entre Juan y Beca y por último, entre Beca y yo.

Brotando de ira y alcohol para darse valor, Juan se levantó y con un sifón en la mano lo corrió a Beca eyaculando agua con gas en la espalda de su precedente. Beca tenía dos objetivos: esquivar los chorros y llegar hasta donde tenía su propio sifón.

Así lo hizo. Casi ni se mojó y supo llegar hasta su guarida con su víctima bien cerca mientras Juan y Gastón, juzgándose inmunes, ensalzaban la tamaña broma.

Beca aprovechó y tomó su sifón y lo descargó todo en Juan pasmándolo por completo y generando más risas entre los espectadores, algo que a cualquier jodón lo deja en orsai.

Ocultando su copiosa irritación, Juan buscó y encontró más sifones, había como 5 más llenos. Se venía un momento groso, inolvidable.

Juan lo empezó a perseguir de atrás a Beca. Fueron por alrededor de la mesa, por el jardín, a través de los arbustos. Todos sentíamos que ya lo cazaba y lo alentábamos porque necesitábamos que lo atrapara. Era trascendente para nosotros ver ese momento. La persecución duró algunos segundos más hasta que la respiración de ambos se hizo más profunda y acentuada por el agotamiento.

Pero de golpe, Juan cayó desplomado. No sabíamos bien por qué. Pasamos de la risa al silencio y Beca por inercia siguió corriendo unos metros más.

Nos acercamos todos y nos dimos cuenta que mientras Juan corría había golpeado su cabeza con una rama que no había visto, ni él ni nadie. Quiso pasar por abajo pero por su altura no logró esquivarla.

Ahora se encontraba desmayado en un charco de sangre que empezaba a rodearlo. Como dije, pasamos de la risa al llanto en un minuto. Lo llevamos como pudimos, desmayado y todo, al sanatorio del lugar. Pero la persona que estaba de guardia a las 4 de la mañana en Casilda no tenía mucha experiencia y nos lo dejó morir.

Juan no pudo detener su hemorragia y su cuerpo no aguantó sin sangre. Hasta el día de hoy lamentamos el sinsentido de su muerte.

Y allí quedo la casa de Casilda. Fue la última vez que la vi antes de que la tiraran abajo. Esa fue también la última vez que Juan, la Anguila, nos vio a nosotros sus amigos, lo vio a Beca de atrás mientras lo corría, vio la parrilla que se entibiaba, las migas sobre el mantel de plástico, sintió el cuarteto, el gusto de vino en la boca y el humo del faso. También nos sintió a nosotros que lo alentábamos para que alcanzara, rápido pero muy rápido, la muerte.

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3 Responses to Juan, la anguila

  1. Muzza dice:

    Me dejó pasamado.

  2. ALopez dice:

    En serio se murio el flaco? Muy heavy loco

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