Durmiendo en lo de Maradona

kyoto-bedroom-set1Al doblar la esquina pensé que podría encontrar ayuda pero no había nadie. Seguí corriendo un poco más desesperado porque estaban por alcanzarme. Tenía el buzo de 4 pesos ceñido a la cintura y un par de Topper blancas de lona, las clásicas. No podían robarme nada de valor.

No sé si iba por José Cubas o por Habana pero estaba en Devoto y no me daban los pulmones. Cuando ya tenía a los flacos encima tras cinco cuadras de pique a fondo se abrió la puerta de una casa de donde salió un brazo que me chupó para dentro y milagrosamente me salvó.

Entré a oscuras asustado por el resguardo de aquella mano divina que llegó en el momento justo. Inmediatamente pasó la patota por la puerta a toda velocidad buscando su presa, ahora invisible.

Descubrí que estaba a oscuras con un desconocido en algo que parecía ser un garaje. Me dijo “quedate tranquilo, pibe” y eso me tranquilizó. Era una voz conocida, como la de un amigo que te apoya la mano en el hombro para darte confianza.

Cuando encendió la luz de aquella habitación (que era una especie de zaguán amplio) casi me desmayo al ver quién era la persona que me había salvado de ser golpeado hasta la médula. Mientras él se reía yo me paralicé al ver que era Diego Armando Maradona.

Esos primeros segundos se viven como un sueño o una borrachera liviana. Tardé unos pocos segundos en decir algo. Fue un gracias insulso. Pero por suerte fue él, sí el mismísimo Diego, el que tomó la palabra hasta que pude entender qué pasaba.

“Esa patota son lo más, lo más hijo de puta, lo mas hijo de puta que hay en todo Devoto, hermano”.

Era 1993 y era el Pelusa en persona. Ahora que lo cuento me dan ganas de poner “El” con mayúsculas. Recuerdo que estaba vestido con pantalones cortos de color negro y unas adilette. Arriba estaba en cuero y pelaba los tatuajes que yo veía en la tele o en algún vestuario. Pero siempre en la tele y ahora lo tenía en vivo y a colores.

“Pasá, vení, tomate algo así esperamos que se vayan”, me dijo. Yo dudé un poco. Me incomodaba estar en la casa del 10. ¿Cómo voy a molestar a mi ídolo? Prefiero salir y que la patota me cague a trompadas antes que ofender al personajes que empapeló mis paredes y carpetas desde el 86.

Algo así le contesté pero me hizo entrar mientras se reía de costado.

Lo que parecía una casa era en realidad un PH de 2 ambientes al frente. Era grande similar a un departamento de soltero. Estaba algo desordenado y había ropa tirada por todos lados.

Me sirvió agua y me senté por ahí. Ahí le dije que iba a esperar que la patota se fuera porque si no me cagaban a patadas. Recuerdo que me contesto: “No te hagas problema, si querés podés quedarte, podés quedarte a dormir total hay camas”.

Justo sonó el teléfono que me permitió transformar mi cara. No llegué a contestar su invitación donde la respuesta obvia era sí. No podía perderme esa oportunidad.

Diego me ofreció el sillón del living, un sofá grandote chester de cuero capitoné color beige que parecía incómodo para dormir. Por eso, fue él mismo quien cambio de opinión y me dijo “venite a mi cuarto, a mi cuarto que tiramos un colchón, un colchón en el piso.”

Así lo hicimos y en cinco minutos tenía un colchón tirado en el suelo enfundado por unas sábanas con muchos escuditos de Boca. No me olvido más.

Maradona fue al baño a hacer pis y yo alcanzaba a escuchar el ruidito del chorro pegando en el agua. No podía creer estar a metros del ídolo más grande del futbol mundial. Necesitaba alguien para poder contárselo pero en esa época no había celulares.

Cuando volvió del baño y mientras se metía en la cama me empezó a hablar y a contar cosas que no me acuerdo porque sólo lo miraba a él sin entender lo que pasaba. Fue como si de golpe quisiera contarme muchas cosas a la vez.

Me hablaba del Sevilla, de que Bilardo la mayoría de las veces le rompía las pelotas y lo seguía llamando. Que se iba a ir a jugar a Newell`s porque con Argentinos tuvo un problema con la barra. Que con Caniggia no era tan amigo, algo de lo que dude porque en su cuarto había muchas fotos colgadas de Caniggia y de muchos jugadores.

Ese fue un hecho que me llamó la atención, el ver que tenía pósters en su cuarto, la mayoría de jugadores de futbol y algunos de sus familiares. Tenía también remeras encuadradas de varios equipos de futbol: una 10 del Nápoli, la 10 azul del gol a los ingleses, una de Argentinos Juniors vieja y muchas otras más.

Apagamos la luz y el diez seguía hablando, no paraba un segundo y se lo notaba acelerado. Me contó que con Pasarella en el 86 no paso nada personal pero que no se llevaban bien. Pero que con Ramón Díaz no se podían ni ver. A esta altura tantas anécdotas me saturaban y me daban sueño y con el murmullo del barrilete cósmico me empecé a quedar dormido.

Diego hablaba en su idioma propio, utilizando muchos gerundios, repitiendo palabras, hablando de costado. Utilizaba términos impropios de un hablista, como insultos o adjetivación escasa y vulgar.

No se cuando me dormí, lo último que recuerdo fue que me contó algo del segundo gol contra los ingleses. “Te voy a contar, a contar algo que nadie, que nadie sabe del segundo gol, segundo gol a los ingleses”. Pero ahí me dormí y no me acuerdo nada más.

Cuando me levanté no estaba nervioso, estaba asustado. Al ver donde estaba comprendí que no había sido un sueño. En la casa no había nadie y después de decir varias veces “Diego” o “Maradona” nadie apareció. Avancé por el living y sólo vi una nota en la heladera que decía:

“Gracias por todo pibe, ojalá que hayas dormido bien. Si querés llevarte algún recuerdo, podés hacerlo” y la firmaba el diez. Esa hoja la guardo en un cajón con mis recuerdos.

Obviamente que quería muchas cosas pero no sabía con qué quedarme. Tenía las remeras que él había usado, las fotos firmadas por él que seguramente valdrían mucho. Tenía videos, fotos, ropa suya, sus adilette o lo que fuera.

Lo que hice fue entrar al baño y revisar su botiquín. Allí encontré un neceser de color rojo de Puma bastante pesadito. Abrí el cierre para ver si era lo que estaba buscando y efectivamente así era. Lo guardé bien adentro del pantalón y me fui. Y cuando recuerdo esa noche que pase con el diez me doy un saque y tomo la misma que él en su honor.

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8 Responses to Durmiendo en lo de Maradona

  1. DanyBostero dice:

    No lo soporto a maradona, ojala que le vaya mal en la seleccion como en el otro dia con bolibia pero esta buena la hisotria.

  2. Muzza dice:

    Nooooo boludo jajajajajaj pará que me recupero de ese final y comento en serio. Qué hijo de puta.

  3. anita dice:

    Wow.
    Superó a la entrevista con Papá Pitufo.
    Lo mejor que has escrito. Lejos.
    A

    • gavilandia dice:

      Muzza: Gracias y espero que estes bien. Sino te doy un poco de lo del neceser rojo.

      Anette: Gracias por tus elogios de siempre. Nos vemos.

  4. ReChalado! dice:

    Luego del final reí y dije en voz alta: “No podés poner ese final, que hijo de puta”. Muy bueno el cuento, lástima que no escuchaste lo que te iba a contar acerca del segundo gol a Inglaterra. Un abrazo!

  5. Muzza dice:

    Tomátelo vos mejor, a ver si te inspirás 🙂

  6. gavilandia dice:

    Ya vuelvo, ya vuelvo, esperenme. No es falta de Musas es falta de Kronos.

  7. juan dice:

    Ando buscando gente con un perfil para invitarlas a que vean la invitación de mi blog… ¿dónde?
    http://www.tercerasalida.blogspot.com
    A la espera…
    Juan

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