River se murió

Ayer fue uno de los días más tristes de mi vida. No murió ningún ser querido, no contraje una enfermedad grave ni me amputaron una mano pero, desde ayer, habrá un antes y después en mi vida y en la de muchas otras personas. Como suele ser dulce el alivio del despertar de una pesadilla, hoy temprano al levantarme tuve la sensación inversa, la terrible pesadez angustiosa de amanecer en medio del infierno. Para no demorar la causa de mi congoja simplemente aclararé que River, el club al que sigo y amo, descendió a la Primera B.

Soy de River desde siempre. Jugaba de chico a ser hincha de otros equipos pero de grande me di cuenta que desde toda la eternidad fui de River como el judío lo es desde toda la eternidad o el sudaca que, aunque lo intente, nunca dejará de serlo. El futbol es como la religión, la raza y la sangre.

Cuando Quelo, un amigo, me invitó a la cancha para el partido de ayer realmente no supe bien qué contestarle. River se jugaba la Promoción contra Belgrano de Córdoba, un equipo del interior del país que tenía más para ganar que para perder y el pronóstico era reservado.

Realmente no quería ir porque ya había sufrido bastante en las últimas fechas del campeonato, con la calculadora en la mano y los decimales de tres cifras. Pero Cacho, un viejo querido del club, nos había conseguido entradas y no podía fallar esta vez, el partido en el que nos podíamos ganar la permanencia en primera.

Mi pronóstico para el partido con Belgrano de Córdoba no era bueno. Para el encuentro anterior que ya habíamos jugado había acertado el resultado de la victoria rival e incluso del marcador. Y para el partido de ayer también suponía una victoria del equipo celeste. Y casi acierto.

Ya en la cancha, en la platea y en fila cuatro algunos indicios amagaban a torcer mis conjeturas. Mi vaticinio parecía modificarse metafísicamente como cuando en “Volver al futuro” aquello que estaba escrito adoptaba nuevas realidades. Es difícil de explicarlo pero la seguridad de la gente, el estadio lleno, el día soleado y el resultado posible eran una invitación a soñar un poco. La gente no dudaba que River ganaba y se salvaba.

Los 2.200 agentes policiales y de seguridad que se encargaban de la custodia del campo de juego y fuera del estadio fueron la noticia de la semana. Mientras miramos todo el partido había más o menos cincuenta policías que observaban para la tribuna; ellos miraban cómo mirábamos.

Mientras se acomodaba el equipo y mientras un gol fue anulado al equipo visitante por una razón que en la cancha nunca se supo y no importó, vimos que nuestro delantero Pavone paro la pelota, dio un giro rápido y clavó un golazo que hizo estallar al estadio. De estar sentado y resignado terminé dos filas más abajo abrazado con un viejo de bigotes y su hijo.

La ilusión se despertó súbitamente en mí y, después de varias semanas, volví a suponer un milagro. Podíamos zafar. Podíamos quedarnos en primera. Quelo estaba a mi izquierda por cábala y nos alentabamos mutuamente dándonos indicios para creer que sí se podia. Pero esa esperanza poco a poco se fue diluyendo. Lentamente volví a la realidad de que la pelota nunca quiso entrar por más que nuestros jugadores estuvieran debajo del arco y sólo tuvieran que empujarla.

La gente siguió cantando. El colorido seguía en las tribunas y la convicción de que podía ganarse estaba virgen. Nos fuimos al descanso ganando 1 a 0 y con un gol más seguiríamos siendo de primera.

Ya en el segundo tiempo las cosas se complicaron un poco y la localía no jugó a favor de River. La gente se empezaba a quejar y los murmullos bajaban de los cuatro costados hasta las tripas de los jugadores. Las piernas temblaban un poco, ¿Cómo podría ser de otra manera? Temblaban todas las piernas, las nuestras y la de los jugadores.

Belgrano tuvo una situación en la cual estuvo a punto de cerrar el partido. Mientras la pelota iba en el aire y por encima de nuestro arquero Carrizo pude rezar una breve plegaria de tres segundos llamada kiricocho.

Sin embargo, los dioses futbolisticos no existen y, así como está ´la suerte del campeón´, River tuvo la suerte del no campeón, del equipo descendido durante todo el campeonato. Durante varios partidos nunca nos quedo un rebote favorable, nunca un arbitro se equivocó favorablemente, nunca un jugador contrario hizo un gol en contra, etc. Nosotros estabamos meados por los perros.

Es por eso que luego de un error de Arano en el mediocampo un jugador visitante tiró un centro y entre los dos defensores de River, maldito rebote mediante, se encargaron de dejar la pelota servida al player cordobés que vio pasar toda su vida en un instante antes de marcar el gol.

Gol del empate y tragedia.

En las plateas de la mayoría de los estadios el gol se escucha en mono, no en estéreo. Sólo el que acude a los estadios sabe lo que implica esa sensación. El gol nunca es válido aunque lo estemos viendo, siempre es necesario que un microsegundo más tarde llegue el gol de la tribuna visitante y en este caso “el silencio atroz” del resto de la herradura.

A mi no me dolió mucho. Ya sabía que esto iba a pasar. Incluso, según mi pronóstico aún faltaba un gol visitante. Pero a la gente a mi alrededor insultaba, se quejaba y lo más sorprendente, se resignaba. Era parecido a la muerte porque hasta algunos decían “ya no hay nada que hacer”.

Una mirada cómplice que crucé con mi amigo Quelo bastó para que entendiera lo que le quería transmitir y lo que ustedes ahora entienden también.

El partido siguió y poco importaba. Algunas figuras conocidas como Ignacio Copani o Matías Martin que estaban a nuestro alrededor ya comenzaban a irse presintiendo que algo malo iba pasar si River no ganaba. Iban aproximadamente 20 minutos del segundo tiempo, que para mí eran 25 minutos restantes para acabar con el sufrimiento de 3 años.

De golpe, un penal cobrado de la nada, sancionando una falta absolutamente relativa. Un penal que a la gente entusiasmo. Un penal que sabía que no convertiríamos. Un penal que no vi y que el sonido mono de la tribuna visitante me sirvió de notificación. River comenzaba a agonizar.

Hubo sustituciones en River y en Belgrano. Ya no sé ni quiénes entraban ni quiénes salian. Pelotazo que iba al área y pelota que volvía. Pelotazo que iba al área desde otro costado y la pelota nuevamente rebotaba. Sin ideas, sin fútbol, con angustia y agonía River se acercaba a sus últimos minutos en esta vida de primera division.

La muerte es un instante donde no podés sino estar de un lado o del otro. Uno puede estar muriéndose pero en algún punto estamos en esta vida o ya estamos muertos. Ayer no se pudo determinar ese instante en la cancha pero River en algún momento se murió.

A pocos minutos del final comenzó una etapa de pesadilla. Esa sensación de estar viendo una película en otro lado, un momento dantesco, como cuando uno ve un accidente en cámara lenta que luego lo cuenta una y mil veces pero en el que siempre cuesta distinguir vigilia y realidad.

En la popular local comenzaban a descolgar rápidamente las banderas. Le señalé a Quelo ese instante y era como avisarle al médico que el paciente se nos iba. Sin desesperación y sin siquiera ganas ni fuerzas para llorar vimos como River se nos iba sin poder decir nada y sin poder darle el último adiós porque rápidamente todo comenzó a descontrolarse.

La manguera de los bomberos comenzó, sin causa aparente, a tirar la línea de agua hacia la gente que comenzaba a correr y a disiparse en las tres bandejas de la popular local. El público ya no miraba el césped, lo que ocurría allí ya no iba a cambiar la historia.

Los centenares de policías debieron ingresar al campo de juego y todos los periodistas, jugadores, alcanzapelotas y todo aquel que no estaba en la tribunas debió encerrarse en el círculo central para protegerse.

Mientras tanto el público de River comenzaba a tirar palos, piedras, encendedores, radios y todo lo que tuviera a mano para descargarse (¿contra quién?). Algunos hinchas no sabían si ese era el momento para empezar a llorar. Cuando alguien muere puede tardar el momento del duelo y puede que uno no descargue las lágrimas en ese instante. Tal vez no sabían si llorar porque no sabían si River estaba muerto o no.

Agua, corridas, bomberos manguereando, palazos a la ambulancia que tenía delante mío, todo lo que uno no imagina que puede pasar en el Monumental si River se fuera a la B. Lo que ocurría es que River se estaba yendo a la B.

River se había ido a la B.

Que quede claro. Que River descienda es algo antinatural, como dijo algún periodista (y con razón), es como si se te muriera un hijo. No significa que sea lo mismo, sino que es algo no natural, impensado. Es como si las cosas comenzaran a flotar, como si el sol no saliera por dos días. Eso es River descendiendo.

En las tribunas, a nuestras espaldas los hinchas de River se peleaban entre ellos realmente no sé por qué. Se echaban culpas, descargaban bronca, se recriminaban estupideces. Ninguno de ellos era el culpable de tener el corazón destrozado y los sentimientos entremezclados entre el putear, alentar, perdonar y buscar culpables.

Vi muchos hinchas llorando. Muchos nenes con sus padres abrazados. Y afuera las corridas, los gases lacrimógenos. Todo era un desastre.

Decidimos salir del estadio a pesar de las recomendaciones y alertas que llegaban a nuestros celulares recomendando que nos quedemos en las tribunas. Si allí el espectáculo era una guerra, afuera sería aún peor.

Salimos con Quelo muy asustados porque la muerte podía estar por ahí cerca. Mientras salimos nos llovieron botellazos que pasaron cerca. Y por poca fortuna salimos en medio de un tiroteo de gases lacrimógenos y balas de goma que se entremezclaban con botellas de vidrios que algunos simpatizantes (pongan el apelativo ustedes) le tiraba a la policía. Era claro que la policía no tenía la culpa pero en estos casos siempre a alguien hay que culpar y contra alguien hay que descargarse.

Una corrida de la policía hacia nosotros tirando gases lacrimógenos nos obligó a correr hasta F. Alcorta y Monroe. A partir de allí la historia es la misma de siempre pero no como en las épocas de gloria. Ya no me volvía ansioso a casa para ver la repe de los goles ni para constatar si el penal había sido o no. Quería ver el funeral de River en televisión, quería ver qué se decía de mi River que se había ido a la B. Quería, supongo, que la TV dijera que todo había sido una pesadilla.

La caminata larga de 20 cuadras fue desgarradora, mayormente en silencio. Se parecía mucho a nuestro Diciembre de 2001 donde un helicóptero sobrevolaba el cielo en medio de una ciudad vacia, donde el silencio de la siempre ruidosa Av. Del Libertador sólo se cortaba de ambulancias y patrulleros abriéndose paso a las apuradas para llevar algún herido desde las inmediaciones de un club ya muerto hasta el hospital.

En varias esquinas los hinchas estaban sentados en silencio pensando, reflexionando, con el rostro duro de un llanto que no salía y de explicaciones que recién el martes podrán comprender y no el lunes donde les esperan las cargadas de la única tragedia de la que te pueden cargar.

Sólo una imagen me emocionó. Casi al pasar, y sin comentarselo a mi amigo, un padre abrazaba a su hija con la remera de River y en silencio lloraban juntos abrazados. Era la avenida Monroe, una calle vacía de un desolado Nuñez, el escenario público de este velorio.

Ya en mi casa y sin hablar con nadie traté de llevar una vida normal, un “no me pasa nada”, mientras por TV me tatuaban la realidad y se regodeaban de que River haya perdido la virginidad de la primera división.

En frío quedará el tiempo para la reflexión. Mañana ya es martes y River debe fundarse. Por mi parte debo explicarle a mis hijos por qué estoy un poco triste y qué van a tener que decir cuando les digan que River es de la B.

El club tiene instalaciones, jugadores, dirigentes, un escudo, una camiseta, una historia. Pero el alma de los clubes, por más trillado que suene, son los hinchas, los que sienten y no pasan a pesar de los años. El cuerpo cambia, las canas aparecen y las canciones de cancha se van modernizando pero la pasión que sentimos, sea el equipo que fuere, es esencialmente la misma. Es fútbol.

Es por eso que legarles a mis hijos mi pasión por River, de la misma forma hermosa en la que uno les lega el apellido, es un momento muy hermoso y en esta instancia, un poco triste a la vez. Me duele también por los viejos, los que fundaron e hicieron crecer a River, los que laburaron en serio, como Cacho el que me regaló la entrada, los que pasaron los 60 años y los que realmente conocen el fútbol. Ellos ojalá que puedan volver a ver a River en primera porque ayer, domingo 26 de Junio de 2011 no lo pudieron despedir en su casa.

Por último, considero que River murió pero va a reaparecer entre las cenizas. Es cierto que hoy es sólo eso pero es cierto también que es el club más grande de la Argentina, digan lo que digan. Toda la semana estuvieron hablando de River y cuando hablan de alguien es porque lo necesitan y porque es importante.

Ya en mi cama y luego de dar vueltas y vueltas y a las 3 de la mañana lloré. Fue un llanto triste y solitario. Lloré buscando explicaciones. Lloré por el ser que amo y que se llama River Plate. Lloré porque me recordé de chico pateando la pelota contra un paredón con mi nueva remera del millonario que mi viejo me había podido comprar. Lloré cuando recordé también mis dibujos donde no faltaban los colores o una bandera de River aunque dibujara una casa. Lloré también porque estaba seguro que mi amigo Quelo, y tantos otros, estarían llorando.

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